sábado, 5 de enero de 2008

...Dolita...

Debe haber un cama fría y sombría. Adivino que las noches han de ser cortas y cansadas. Supongo que debe haber mil frazadas con muchas medias. Me figuro una mesa pequeña frente a la cama, y sobre ésta un televisor. Imagino mucha pena regada por los suelos, además de híbridos de lágrimas y suspiros. Pero no me deprime, entiendo que en la nada se guarda las esperanzas, las miradas, los recuerdos. Y si en los recuerdos mantienes los rostros y voces que añoras, no estás sola ni débil, sólo estás adormecida y engreída.

lunes, 17 de diciembre de 2007

De vacaciones por el quinto aro del infierno...

Copiosa cantidad de tiempo que no escribía y no por desgano, desidia o abandono al santo ocio. Razones tan fuertes como abyectas me alejaron de la computadora y se apropiaron de mis mañanas, tardes, noches, osaron quitarme el tabaco, el alcohol, las gaseosas, los chocolates, las galletas y los helados. En conclusión estas razones, hijas de un mala madre, me mantuvieron jodido a merced de cuantas bacterias deseen copular, criar a sus bacteritas, juntarlas con otras bacterias (ya crecidas, claro está) y continuar con un circulo vicioso que lastraba más y más mi ya mellada salud.

En el comienzo de mi travesía por los mares de las enfermedades, yo, fiel creyente de que así como todo viene así se va, no hice el menor caso a unas erupciones que de la noche a la mañana aparecieron en mis brazos y cuello. Eran las últimas semanas universitarias, de esas en las que sólo tienes tiempo para fumarte un cigarro entre exámenes, darle un fugaz beso a tu novia (la cuál esperas que no se olvide de tu nombre y rostro a causa de tu ausencia), estudiar como si de eso dependiera tu vida y estresarte como Papa Noel en navidad.

De cualquier modo, yo ya entregaba el segundo avance de mi tesis (un curso que enferma y aloca a todos los estudiantes de 7mo ciclo. Quizás el que más esfuerzo requiere en toda la carrera, dependiendo del profesor con el que lo lleves) y me distendía quizás un poco, ya que para ser honesto ese fue el curso que más me jodió la existencia en todo el ciclo y al cual mayor interés y noches le dediqué. Lo presenté un miércoles, esa misma tarde pensé en tomarme todo el bar, fumarme todo el cigarro del país, disfrutar de mi novia y de la voz de Ibraim Ferrer. Pero como no todo en la vida es como uno quiere, me conformé viendo un partido del mediocre campeonato local y rascándome las incipientes ronchas que aparecían en mis brazos.

A la mañana siguiente, junto con las ingentes cantidades de exámenes que me faltaban por dar, una invasión numerosamente increíble se había apropiado de mis miembros superiores y mi cuello. La picazón destrozaba mis nervios y dejaba marca en las ronchas reventadas a uñazos. Con el mismo interés que le dí al curso de gestión empresarial, traté a las ronchas y a sus puteadas consecuencias (la picazón), es decir ni de soslayo las miré.

Pero con el pasar de los días (casi una semana y media), las malditas se habían esparcido por todo mi cuerpo y ya eran insoportables tanto para mí como para los que me rodeaban porque estas ronchas tenían la asombrosa capacidad de sacarme de quicio y mantenerme en un mal humor constante. Algo debía hacer. Entonces fui donde un doctor amigo y me recetó una inyección que por el dolor me hizo ver a Judas calato y unas pastillas que valían lo mismo que una Pilsen (la cerveza más rica del mundo) bien heladita más tres Luckies light de esos que fumo. Su diagnóstico: estrés y mi sistema nervioso a punto de colapsar. Eso había dado pie a las ronchas.

Como sea... primero es la salud, así que consumí las dichosas pastillas durante cinco días y me abstuve de cuanto placer Dios puso en estos lares, pero no hallaba respuesta, las pastillas no servían y la picazón me mataba.

Como para terminarme de joder la vida había acabado el ciclo y no pude irme a desbandar cual vikingo llegado a puerto, además en unos día tenía una fiesta que prometía secuestrar a la Backus (empresa cervecera más grande del país) y traerse a medio mundo salsero y regueetonero (ni modo) y yo no podía tan siquiera estar a veinte metros del humo del tabaco porque ese era uno de los entes que activaba mis ronchas y me hundía en el agobiante mar de la picazón. Como sea, llegado el día de la fiesta mis ronchas había bajado. Tras más de cinco días de consumo de las pastillas, cuatro inyecciones, un rezo santero, una pasada de cuy y una bañada en agua bendita me sentía mejor y listo para ir a disfrutar de los placeres de la vida.

Sólo me jodí. Al primer sorbo de cerveza me empezó a picar el cuerpo, pasado unos minutos las ronchas se habían activado. A la mañana siguiente estaba peor que nunca y tuve que privarme una semana más de todas las cosas ricas y que producen placer para por fin poder librarme de las malditas ronchas.

Justo cuando mejor me sentía y las ronchas habían desaparecido en su totalidad, un tímido dolor de cabeza asomaba por las mañanas para acompañarme todo el santo día. Mentado dolor se hizo cada vez más fuerte hasta lograr mandarme a la cama días seguidos. El maldito no me dejaba en paz, ni las excedrin (o como se escriba), ni las aspirinas, menos las dorixinas hacían efecto.

Una semana de inclemente dolor fue la que pasé. Y cuando éste se aburría de mi cabeza y decidía marcharse junto con sus mareos y vómitos, le toma la posta un dolor de garganta que ni Dios lo aguantaría, seguido de una gripe que me tiene tumbado en cama tres días temblando como perro con distemper, sudando como chancho rumbo al camal y empezando a oler como éste ya que no me baño hace tres días.

jueves, 22 de noviembre de 2007

...

Lo peor de extrañarlos es ser mudo,
es jugar a ser inherente del olvido
tratando de borrar pasados cercanos,
lejanos, añorados y no realizados.
Lo cercano de amarlos desde lejos
es como vivir con los ojos cerrados
apartándome del mundo en silencio
y rogando por que no pase el tiempo
para desear soñarlos con más ganas
y para continuar lapidando esas ansias.
Y es que lo peor de amarlos no sólo es eso,
es querer ya no querer sentirlos
al vivir el lunes pasando por los domingos,
es limitarse a tentar sólo palparlos
sin punto seguidos, sólo abyectos finitos.
Lo peor de amarlos no es sólo amarlos,
es putearlos entre marzos y junios
y creer sentirme perdido en el sol de fa
y querer dormir unos tres meses
para despertar irrisoriamente alineado,
diferente y viviendo con un abrazo soñado.

martes, 20 de noviembre de 2007

Un paréntesis académico: Reportaje final.

La Unidad Central del Escuadrón de Emergencias del Callao vive y muere por erradicar la delincuencia del puerto
¡Central 105… Siempre listos, siempre presentes!
Una crónica introspectiva del escuadrón más requerido del país


Son las 5:30 a.m. La brisa, gris y renuente a marcharse, abraza y cobija a todo el puerto. La noche está por terminar y los primeros rayos de luz se van colando entre el flirteo de la madrugada y la mañana. El frío se apacigua en su intensidad y los efectivos comienzan a llegar.

Algunas combis sobreparan frente a la Unidad Central del Escuadrón de Emergencias del Callao (radiopatrullas) -ubicada en la avenida la Paz- y de éstas descienden hombres jóvenes y experimentados de porte respetable y amenazador. Otros tantos apuran el paso cruzando la avenida con periódicos bajo el brazo, cabezas enterradas entre los hombros, manos en los bolsillos y una maleta que cuelga de uno de sus brazos. Paralelamente a esto unos autos, modestos y nada lujosos, parquean en el patio de la base.

Dan la bienvenida a la unidad un portón abierto de par en par y el imponente escudo de la policía nacional del Perú dividido por la apertura de éste.

Dos plantas, ya dentro del establecimiento, reciben a los personajes que protagonizan una ardua lucha de veinticuatro horas contra el hampa chalaca para conseguir la tranquilidad de los vecinos. En el primer piso están las oficinas administrativas y una central radial que consta de veinte computadoras unidas a la red radial-telefónica policial -no tan grande como la central 105 del Callao ubicada en el cuartel Alipio Ponce donde reciben todas las llamadas de emergencia del puerto para ser emitidas a la unidad de radiopatrullas- lo suficientemente eficaz para poder recibir los mensajes de la central 105 y reenviarlos a las camionetas.

Al fondo de esta planta una oficina, en la puerta consta un nombre y un cargo: El Coronel PNP Luis Praelis, quien es el encargado de toda la unidad. Praelis es un hombre de altura promedio -no debe pasar el 1.78cm- y cuerpo atlético a pesar de sus cuarenta y ocho años encima. Tiene la mirada profunda y el rostro duro; “cara de piedra” le decían en la escuela de oficiales en sus tiempos de cadete. Ahora, los subalternos lo llaman así a sus espaldas; él lo sabe y sólo sonríe.

Praelis está a cargo hace un año, exactamente el mismo tiempo desde que tomó el mando de toda la provincia del Callao el General PNP Jordán. “Un excelente general, es muy correcto; a él no le gustan las cojudeses y se está matando para que la policía del Callao se acerque más a su gente y para que ellos cuenten con nosotros y nos colaboren”, afirma “El Oso” un técnico que pesa alrededor de 110 kilos.

En la segunda planta, a los extremos, se encuentran los vestidores, dos para ser exactos; tan largos como claros y verdes. Ornamentan los ambientes de vestido casilleros numerados del uno al setenta (por cada vestidor), bancas de tres metros de extensión, poyos de mayólica blanca y sobre estos cuadros con motivos policiales fraseados con palabras de ánimo y versos de carácter motivador. A los confines de estos pabellones se encuentran apiladas cincuenta camas de una plaza cada una donde los efectivos reposan y descansan dependiendo de las órdenes de su superior.

Los hombres ingresan a los vestíbulos, un olor a pulcritud y soñolencia se mimetiza con los saludos, chascarrillos y alaridos que terminan por despertarlos. Son 125 -en total 250 policías- que relevarán a los que se encuentran vigilando las calles del Callao. En su mayoría son de armas (policías egresados de la escuela de suboficiales) y sólo un pequeño porcentaje de los efectivos son especialistas (civiles que se integraron a la policía y llevaron cursos de rigor que duran entre los tres y cinco años), aunque esto es transitorio ya que se ha ordenado que este escuadrón este completamente integrado por personal de armas.

Las duchas se apresuran a tener su fin, los borceguíes listos para ser puestos; los hombres ajustan sus pantalones y aseguran el correaje donde cargan la cartuchera que alberga la pistola nueve milímetros, fiel e inseparable compañera, que se verá secundada de sesenta municiones. Las chompas negras, lo suficientemente entalladas para que al calzarse los chalecos antibalas éstas no incomoden, se ven retocadas por bruscos sacudones antes de ser usadas.

Una mirada al espejo de algún casillero, un segundo de ahondarse en el limbo de la indecisión y el temor por perder todo, por dejar la vida en las calles, un recuerdo del beso de una familia, la sonrisa de los hijos, el cuerpo de una esposa; un parpadeo lento y resignado convierten ese rostro en muestra de determinación, seguridad y orgullo. Caminan hacia el patio y como dogma religioso, tras cruzar la puerta de los vestidores, los efectivos se colocan sus características boinas rojas.

Ahora son las 6:00 a.m. Los 125 policías se encuentran en el patio en formación. “Un excelente personal, lejos mejor que el de Lima, la mayoría llego aquí por increíbles y asombrosas intervenciones en sus comisarías y el resto, al salir de la escuela y ser seleccionados por su porte, llevo el curso de emergencista en la Central Radiopatrulla de Lima”, sostiene en General Jordán.

El Coronel Praelis pasa revista a su tropa con las manos atrás, cabeza arriba y ojos juiciosos. La mañana ya está clara, la brisa gris raramente se ha marchado; rayos de sol se cuelan entre las nubes y el himno del Perú empieza a sonar.

Termina la ceremonia de todas las mañanas. Noventa camionetas -cuarenta pathfinders y cincuenta de las nissan verdes que a ningún efectivo les gusta. “Carajo, esas camionetas son para hembras, ahí tengo que manejar recogido y termino entumecido”, se le escapa a “chiquito”, un chofer de 1.90cm- esperan por sus ocupantes. Cada camioneta es encomendada a un operador quien será el que se encargue de acercarse a los autos, usar la radio e intervenir a sospechosos, y a un chofer; estos cargos -sólo los cargos ya que las parejas duran aproximadamente un año- varían cada mes.

Todo listo, una a una las radiopatrullas empiezan a desfilar por el portón. La imagen del Santísimo Corazón de Jesús, pintada al lado de este, los despide y los llena de fe para salir a las calles sabiendo que quizás alguno no volverá, como le paso hace cinco meses al brigadier Gonzalo Gonzáles, más conocido como el compañero “Chalo”, quien dio su vida por proteger de las balas con su cuerpo a un niño de ocho años.

Cada unidad se dirige a su punto establecido (que por reglamento variará cada veinte días): cruces de avenidas, esquinas en calles de alto nivel de delincuencia, casas de personajes importantes como congresistas, alcaldes, etc. y a las comisarías del Callao. A cada una de las trece comisarías existentes en el puerto llegan tres unidades de la central de emergencias. Éstas patrullarán dicha jurisdicción las veinticuatro horas que dure su servicio.

La mañana transcurre entre denuncias (violencia familiar, robos pequeños, atropellamientos de mascotas) que llegan a la central pero por ser menores son depuradas a las comisarías del sector. La tarde no sólo trae consigo el hambre ni la necesidad de cargar combustible (catorce galones diarios) en el grifo de la policía ubicado en la avenida Colonial, llamadas por robo a tiendas, intentos de secuestro, balaceras son el común de la esas horas. Es hora de alistar las 250 municiones y cargar la AKM de rigor que cada camioneta porta.

Puerto nuevo, Acapulco, Sarita Colonia, Los Barracones (conocido ahora como las Barracas), Gambeta Alta y Gambeta Baja (todas pertenecientes a la jurisdicción de la comisaría de Callao Cercado) son los lugares que en la tarde y la noche se convierten en zona de sangre y lastre de la humanidad. Las intervenciones se incrementan en estas zonas. Las llamadas recibidas en la central llegan a cuarenta sólo en una hora. Los efectivos responsables de esa jurisdicción aumentan esfuerzos en ingentes cantidades para combatir a la delincuencia reinante.

Así pasa el día la Central de Emergencias del Callao. Hombres comunes que, como a nosotros, sus familias los esperan por volver a sentirlos vivos y a su lado. Gente que teme y añora con el pasar fugaz de veinticuatro horas, pero que saben que en sus hombros carga la tranquilidad y seguridad de la población y no dudarán en poner el pecho para darle la paz merecida a un pueblo pujante, cuna de talentos deportivos, musicales y literarios, y amigable como es el Callao.

jueves, 18 de octubre de 2007

La idiosincrasia de la vida: una extradición

El viernes 21 de setiembre el país depuró en ápices de moral su honra y nefasto pasado -democráticamente hablando- al enterarse que el presidente de la Segunda Sala de la Corte Suprema de Chile, Alberto Chaigneau, había resuelto la extradición del extraditable Alberto Fujimori.

Primeras reacciones semejantes a las secundantes a un embarazo de 24 meses se mezclaban con rostros de impotencia muy parecidos a los causados por un severo estancamiento vehicular de hora punta.

Los infundamentados dependientes ideológicos del fujimorismo se jalaban los pelos, tiraban de sus neuronas buscando respuestas, auscultaban en sus folios de contactos llenos de escarceos políticos foráneos tratando de encontrar la columna que se desplomó sin previo aviso y que trajo consigo a su líder.

Nunca tan confundidos, Keyko, Carlos Rafo y compañía, no discernían el cómo Chile se atrevía a perjudicar de soslayo a un ciudadano de un país con el que trataba un TLC muy beneficioso para los sureños.

Al otro polo de la irracionalidad, la mayoría de los peruanos exhalaban con gotas de tranquilidad: uno de los supuestos más grandes delincuentes de la historia ya estaba en suelo patrio.

Este contexto inusitado en el que ambas posturas se encontraban daba como resultado un híbrido de democracia-demagogia-lamentos que se daba en su total plenitud en las vociferadas críticas de los más acérrimos fujimoristas y los sollozos argumentos de los posibles beneficiados del nefasto régimen dictatorial.

Y es que a los partidarios del extraditado les sobran los porqués y las teorías basadas en la casería de brujas. Parece que su memoria episódica ha sufrido algún trastorno, posiblemente ocasionado por la perdida repentina de poder, ese poder que en el año 2001 fue purificado por un video.

Claro está que cuando no manejas medios y se dificulta la creación de opiniones favorables -ya que ésas son las que realmente cuestan y valen- y te enfrentas a la mayoría sin tanques en la calle, ni dinero en ingentes cantidades para ser usado descaradamente para comprar conciencias las entrañas se retuercen y la impotencia se apodera de la razón.

Tema paradójico, ya que lo que sobra en este caso son las razones. Barrios altos, la cantuta, Pedro Huilca, interceptación telefónica, la tortura de Fabian Salazar, esterilizaciones forzadas son historias que narran y explican el porqué Fujimori se desvela en su prisión temporal. Y éstos son sólo los delitos contra los derechos humanos, los de corrupción también tienen nombre propio.

Ahora se embozan en la ingenuidad del ex presidente Alberto Fujimori. Dos cosas muy puntuales: hay que ser demasiado incompetente e imbécil para no darse cuenta de lo qué el principal asesor hacía, o hay que ser demasiado cínico y timador para tener la conciencia de palo y negarlo todo apoyándose en la ignorancia de uno mismo.

Cuales quiera que fuera la verdad, la mayoría de los electores (de los cuales me exonero por motivos obviamente temporales) de la década del noventa se debe sentir, por obligación, culpable. Me explico: Sólo en un país con un nivel de ignorancia política muy elevado es capaz de elegir como presidente a un outsider que ya traía consigo a un asesor que tenía una hoja de vida tan discutida como la hoja de coca. Vladimiro Montesinos, el referido, había tenido una carrera militar muy escabrosa y rematada por ejercer la defensa de narcotraficantes.

Peor aún, a mediados del noventa, luego de la chanchada de erradicar el parlamento con sus cámaras de diputados y senadores y otros tantos actos repudiables, en las elecciones generales se presentaba una opción más que honorable: el señor Javier Pérez de Cuellar. Y cómo para reafirmar lo escrito líneas arriba sobre la ignorancia política, sumada a la necesidad del peruano de ostentar una deidad que sea medida sólo por los fines, mas no por los medios, Fujimori, en una elección en la cual sólo existió el fraude de la razón, derrotó a un demócrata a carta cabal.
Por otro lado, es utópico pensar que los reclamos descarados de los fujimoristas se terminarán.
Por el contrario, Dios nos libre de la exacerbación popular o el deseo tribal masivo (como lo llaman algunos autores) que éstos inculcarán en la calles. Es claro que un pequeño porcentaje del pueblo todavía cree en el alto nivel de fertilidad del espíritu santo, éstos son los mismos que creen en la inocencia de Fujimori y que serán usados por los titiriteros encargados de montar el circo social que gritará a los cuatro vientos voces de justicia, libertad y consideración para “quién nos liberó del terrorismo”.

Días de incertidumbre realmente importantes se aproximan. Fuera de la indiscutible extradición del ex presidente, los actos que realizará el gobierno son preocupantemente sospechosos. Sólo nos toca vigilar y confiar en la autonomía del poder judicial. Las posibles alianzas de los fujimoristas con el aprismo empiezan a dar atisbos de existencia: el apoyo al ministro del interior Luis Alva Castro. Ojalá que esa votación no halla significado lo supuesto anteriormente.

Y cómo para terminarnos de atiborrar de dudas sobre el futuro, una imagen más que tenebrosa ha invadido el Perú: año 2011, elecciones generales, una segunda vuelta entre Ollanta Huamala y Keiko Fujimori. Uno con su plan fascista-bolivariano-chavista y la otra con la libertad de otorgar el sobreseimiento a su padre (indulto). Frente a este panorama sólo nos quedaría tener listos los pasaportes y la maleta e ir buscando el taxi que nos lleve al Jorge Chavez.


...

Malditos sean tiempo y distancia,
malditos sean mis recuerdos,
maldito yo por ser hombre y tener corazón,
maldito por no saber olvidar...

domingo, 7 de octubre de 2007

Líneas para la única princesa

Desearía perderme en la métrica de tu mirada
y soñar que de tus ojos proyectas barrotes
que nunca nadie los podría romper
y que nunca nadie los podría traspasar.


Quisiera ser el viento abyecto de la tarde,
que no respeta la pulcritud de tu cabello
y que le importa nada acariciarlo
luego de arrebatarle lo más bello.


Desearía vivir en tu nariz odiada
y rozarla, tocarla, adorarla sin pretextos
para en unos años hacerme Da Vinci
y pintarla entre la luna de la costa y cerros.

Quisiera robarle horas a las mañanas
para dárselas a las noches cortas y cambiantes
y volverlas como algún tiempo antes:
interminables, especiales, no laborables.

Me gustaría escribirte hasta octubre de algún año
y sorprenderte con flores en los desayunos
para luego apagar el sol y guardarlo
y que todo el día sea oscuro como hace cinco años.